El día no era el mejor. El calor aumentaba con el paso del tiempo, al punto de sofocar a aquellas almas víctimas de jornadas laborales al aire libre. Yo no acostumbro a trabajar fuera, no porque no lo quisiera. Hace un año me ofrecieron un empleo de albañil y lo hubiera aceptado. El que me contrataba terminó con la frase: estamos en contacto, pero el contacto se perdió ese día. No recibí telegrama o mensaje alguno. Me parece que me vio débil para asumir la labor de un constructor. Por eso no trabajo al aire libre, por falta de oportunidad.
Aquella vez tuve que hacerlo. La idea de sembrar el mirto me ilusionaba más antes de comenzar la acción. Al inclinarme al nivel del suelo para preparar la tierra mis ganas se redujeron. Comencé a fastidiarme. Metodológicamente seguí cavando aunque hubiera podido dejar la actividad; me daba igual así que seguí. El calor aumentaba y de mi frente caían incesantes gotas de sudor.
Aún así yo podría continuar de la misma manera, pero ella apareció. Se paró a unos dos metros de mi ubicación y comenzó a verme. Parecía más cansada que yo. No le hablé, el calor me abrumaba. Ella murmuraba la ineficiencia de mi trabajo, pero yo no alcancé a oirla. No quería escucharla. Seguía refunfuñando y yo estaba empapado en sudor. Apresuré la actividad para terminar en cuanto antes.
Al levantarme, la miré fijamente y ella también lo
